lunes, 28 de junio de 2010

La Verdadera Conexión Cósmica

La influencia –directa o indirecta- que tienen y han tenido los astros en nuestra vida es innegable.

El Sol nos da luz y calor, y constituye la principal fuente de energía de la Tierra. La fuerza gravitacional de la Luna controla el ciclo de mareas de nuestros océanos. Júpiter despeja nuestra órbita de asteroides cuya colisión con nuestro planeta sería devastadora. Los asteroides mismos, cuando logran chocar con la Tierra, ejercen y han ejercido una influencia cataclísmica. Los cometas también pueden haber contribuido a nuestra vida: se cree que no más de un 10% del agua de nuestro planeta provino de impactos de cometas pequeños. Y eso quiere decir que estamos tomando agua de cometa todos los días.

Somos, literalmente, polvo de estrellas. Un buen porcentaje de los átomos de nuestro cuerpo -específicamente, los más pesados que el helio- pudo haberse formado en una explosión de supernova. Por otro lado, los átomos de hierro de la hemoglobina de nuestra sangre –y todos los átomos más pesados que el hierro- sólo pudieron haberse formado en este tipo de eventos estelares. Los átomos de oxígeno y carbono que comemos, que respiramos y que nos componen pudieron también ser producidos en estrellas gigantes rojas, destino que compartirá el Sol en unos cinco mil millones de años. Y, en los tres primeros minutos después del Big Bang, se formaron la mayor parte de los cerca de mil cuatrillones de núcleos de hidrógeno que contiene nuestro cuerpo.

Las supernovas, estrellas de neutrones, gas calentado cerca de agujeros negros, estrellas binarias y el Sol, entre muchas otras fuentes, producen partículas llamadas rayos cósmicos -90% son protones, 9% son núcleos de helio y el resto son electrones- que nos golpean todos los días. Estas partículas son uno de los mecanismos responsables de la evolución, pues pueden producir mutaciones en las células –y son uno de los responsables naturales del cáncer, cataratas, alteraciones neurológicas y otras alteraciones genéticas-. A más altura, mayor exposición, por lo que la tripulación de una compañía aérea que pasa en el cielo diez horas semanales puede recibir hasta tres veces la dosis promedio anual recibida normalmente debido a todas las fuentes de radiación sumadas, tanto humanas como naturales. También causan problemas a nuestros equipos electrónicos, sobre todo a los satélites de gran altitud, pero en tierra no nos escapamos: Intel, que ha calculado que una supercomputadora con diez mil chips tendrá de 10 a 20 errores semanales, está planeando incorporar a sus computadoras detectores de rayos cósmicos, que hagan que cada vez que suceda un evento de esta naturaleza, la computadora repita el comando que se estaba ejecutando por última vez. Finalmente, los rayos cósmicos son la principal barrera en el viaje interplanetario –los astronautas del programa Apolo recibían, por hora, una dosis de radiación entre doscientas y cuatrocientas veces superior a la normal-.

De todas las cosas que nos puedan radiar las estrellas, son los neutrinos los que menos interactúan con nosotros. Por cada segundo que pasa, 50 billones de neutrinos electrónicos provenientes del Sol atraviesan nuestro cuerpo a casi la velocidad de la luz –o tal vez a la velocidad de la luz; esta es una pregunta no contestada todavía-. Tan leve es la interacción de los neutrinos con la materia, que podrían atravesar 50 años luz –unos 500 billones de kilómetros- de plomo sin chocar con nada. El siguiente paso en la confirmación de que el Big Bang sucedió es medir la radiación de neutrinos que se emitió luego de 2 segundos de originado el universo, que se pronostica tuvo 1.95 grados Kelvin de temperatura.

El espacio-tiempo mismo donde vivimos es una entidad deformada por los astros y otras cosas que aún permanecen en nuestra ignorancia. El Sol curva el espacio alrededor suyo, haciendo que la Tierra siga ese camino elíptico que ha venido siguiendo desde hace 4540 millones de años. A su vez, los planetas, las demás estrellas y el agujero negro supermasivo en el centro de la Vía Láctea curvan el espacio alrededor suyo, haciendo que el Sol siga el camino que ha seguido desde hace 4570 millones de años. Y la danza sigue, en una jerarquía que pronto termina; sólo los bailarines se hacen cada vez más grandes. Pero hay algo más impresionante. Desde hace un tiempo se sabe que el universo se está expandiendo de una forma acelerada, no como una explosión cotidiana: es la distancia entre las cosas lo que aumenta, es el espacio lo que se expande. La distancia entre dos personas aumenta de manera imperceptible, pero la distancia entre galaxias sí está aumentando de una manera que se puede medir, y esto se ha medido con gran precisión. La expansión implica el Big Bang, pero que esta expansión sea acelerada es un misterio. Llamamos energía oscura a este agente desconocido que provoca esta aceleración en la expansión, y sabemos que constituye el 74% de la materia del universo (todos los átomos más pesados que el helio, incluidos los que nos forman a nosotros, sólo constituyen un diminuto 0.03%).

Estamos, también, rodeados de unos restos arqueológicos de escala cósmica. Si sintonizamos un canal de TV donde se ve ruido blanco, o escuchamos una estación de radio que no tiene emisora, entonces podemos estar seguros que al menos un 1% de esa radiación de interferencia que vemos o escuchamos es un residuo proveniente de la época en que el universo se hizo trasparente a la luz, 379 mil años después del Big Bang. De hecho, esta radiación de microondas de 2.725 grados Kelvin, que llena todo el espacio y está en todas direcciones, constituye una de las evidencias claves de que el Big Bang ocurrió.

Así que, en muchas maneras, estamos conectados a los astros y al cosmos. Venimos de estrellas, vivimos gracias a una estrella, debemos algunas enfermedades y la diversidad de la vida a las estrellas, y estamos inmersos en los restos del origen del universo. En este año, declarado Año Internacional de Astronomía por la Organización de las Naciones Unidas, reflexionemos un poco más acerca de este asombroso vínculo. Despertemos este sentido dormido de maravilla y humildad, que si no podemos tener por nuestro pequeño planeta, al menos tengamos por esa vastedad misteriosa y compleja, revelada en estos últimos ochenta años por la Ciencia.

Ninguno de estos increíbles hechos fue descubierto en el Perú. Ninguna de estas ideas fue soñada o imaginada en el Perú. No tenemos los recursos: nuestra juventud inquisitiva y curiosa está en un permanente éxodo hacia otras latitudes. Y no tenemos siquiera tiempo o ganas de pensar en esto; no con tantas necesidades entre nuestros compatriotas y en nosotros mismos. Tal vez nunca lleguemos a participar de esta aventura de descubrimiento, y tal vez estemos resignados solamente a recibir en los periódicos los pedacitos del gran rompecabezas que se está armando, como noticias lejanas, raras, e inútiles. ¿Podremos, en ese entonces, siquiera permitirnos pensar en aquello? ¿O viviremos el futuro con la intención de únicamente sobrevivir como país?

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